A 55 años del crimen de Martin Luther King, el hombre que cambio la historia.

Martin Luther King era un pacifista y un luchador contra la segregación racial, un defensor de los derechos sociales de los negros, que no tenían casi ninguno en aquellos convulsionados años 60 que prometían la luz y quedaron sumidos en la oscuridad.

En Estados Unidos, la segregación racial que había tenido un clíma de violencia en los años 50, con linchamientos públicos, persecuciones y asesinatos de miembros destacados de la población negra, se había agudizado sobre todo en los años del gobierno de Kennedy que pugnaba por sancionar una ley que permitiera votar a los negros sobre todo en el Sur, el viejo territorio esclavista que había librado la Guerra de Secesión contra el Norte entre 1861 y 1865.

En esos años, los chicos negros no podían ir a escuelas para blancos. Tampoco podían asistir a los servicios religiosos en iglesias “blancas”; ni podían entrar a ciertos locales, bares o almacenes, señalados con un letrero “Only white people – Sólo para gente blanca”.

En las estaciones de micros y de trenes, los bebederos públicos estaban divididos en dos, uno señalado por un letrero: “Colored people”. Los empleos eran otorgados según el color de la piel, y sólo los peores estaban destinados a los negros, al igual que los peores sueldos; el índice de desocupación de los negros era el doble que el de los blancos; en los micros y colectivos, los negros debían sentarse en la parte trasera porque la delantera estaba reservada a los blancos; presenciar un partido de básquet interracial, como es tan común ver hoy, no era posible porque, además, las universidades, semillero de los deportistas profesionales, también impedían estudiar a los negros.

Además, en los años 60, la organización terrorista conocida como Ku Klux Klan, racista y xenófoba, perseguía, amenazaba y asesinaba a la población negra más esclarecida.

Cansado de tanta injusticia el 28 de agosto de 1963, Luther King convocó una monumental Marcha por el Trabajo y la Libertad, que planteaba demandas específicas: el fin de la segregación racial en las escuelas públicas; una legislación sobre derechos civiles, que Kennedy había impulsado en junio de ese mismo año, otra ley que prohibiese la discriminación en el mundo laboral, protección policial para los activistas por los derechos civiles y un salario mínimo de dos dólares para todos los trabajadores sin distinción.

Fue allí, frente al monumento a Abraham Lincoln, donde pronunció su legendario discurso “Yo tengo un sueño”. Tal fue el impacto de la marcha y de las conmovidas palabras de King, que al finalizar el acto, Kennedy, que recibió a King junto a los principales dirigentes del movimiento anti segregación, quiso saber: “Reverendo, ¿de dónde sacó esas ideas sobre la libertad?” Y King: “De sus discursos, señor presidente”.

Nobel de la Paz para Luther King

Al año siguiente, King fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Su lucha siguió, cada vez más intensa, hasta lograr la Ley de Derechos civiles, sancionada por Lyndon Johnson después del asesinato de Kennedy. Esa era la figura, conocida y respetada en todo el mundo, que en febrero y marzo de 1968 llegó a Memphis. Había estado en la ciudad a finales de enero de ese año, para apoyar a los trabajadores afroamericanos de los servicios sanitarios y de recolección de residuos que exigían un salario igual al de los blancos y similares condiciones de trabajo.

Por ejemplo, los días de mal tiempo, las empresas pagaban el viaje de los trabadores blancos a sus casas. Pero no los pagaban a los negros que ni siquiera tenían acceso a las duchas, reservadas a los blancos.

Su últimos discurso

No hay nada que me perturbe. ¡Yo no le tengo miedo a ningún hombre! ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!”

Lo ovacionaron largo rato. Sus palabras son recordadas hoy como “I’ve been to the Mountaintop – Yo he estado en la cima de la montaña”. En su libro, Rosenbloom revela que ni bien terminó de hablar, King sintió que le faltaba el aire y que se le nublaba la vista. “Casi cae al suelo, cada paso le costaba mucho trabajo, tambaleaba. Estaba rendido Lo ayudaron a sentarse en una silla, en la parte trasera del estrado. Parecía desinflado. Estaba completamente agotado. Sobre el final, recurre a su propia mortalidad, habla de su temor a morir en forma violenta. Estaba aterrorizado.”

Exhausto, King se fue a su hotel, modesto y reservado solo para afroamericanos. A la mañana siguiente, junto a un grupo de pastores y ayudantes, trabajó en los detalles de la marcha sobre Memphis. En la tarde, King se bañó, y se vistió con traje y corbata porque estaba invitado a una comida esa misma noche en casa del pastor Samuel “Billy” Kyles, de Memphis. Luego, a las seis de la tarde, salió al balcón de su habitación, la 306. Entonces sonó un disparo y King cayó herido de muerte.

Las investigaciones dijeron luego: “En el momento en que la bala entró en su cuerpo, el doctor King estaba en la barandilla del balcón para hablar con los colegas de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur”, que ocupaban en el estacionamiento del hotel. Era verdad. Entre ellos King distinguió al cantante Ben Branch, que iba a participar de un acto programado para la noche. King le pidió entonces que no se olvidara de incluir “Take my hand, precious Lord”. “Es una linda canción”, dijo. Y se oyó el disparo. Enseguida, el cuerpo de King fue rodeado por sus colegas pastores: la sangre brotaba espesa desde la mejilla y King estaba inconsciente. Lo llevaron al St. Joseph Hospital y murió una hora después.